La tarea docente

Por: Carola Pozo Cortez

Cuando se enseña a crecer

La tarea docente significa un desafío y también una aventura debido a que  debemos ser mediadores y facilitadores en el camino de autorrealización  personal de los alumnos.

Este quehacer se debe enfrentar con entusiasmo y esperanza, mas teniendo en cuenta los difíciles tiempos que vivimos.

Los docentes debemos asumir el compromiso como educadores en la formación integral de las personas, tanto en el área del “saber”, como en el área del “ser”

En el área del saber

Es nuestra obligación buscar siempre nuevas formas de enseñar y de aprender, con el fin de lograr que nuestros alumnos puedan apropiarse de conocimientos y técnicas que les resulten valiosas y no solamente fórmulas sin vida ni significación personal. Nos cabe entonces, ser ejemplo de entusiasmo, fuerza de voluntad y perseverancia permanente.

Impulsar actividades en las que cada uno de los alumnos ejerciten el pensamiento reflexivo para que puedan examinar sus propias ideas y las de los otros, con una actitud de análisis y búsqueda de la verdad, debe ser nuestra tarea, de todos los días.

Estimulemos entonces la creatividad haciéndoles reflexionar en forma crítica. A través de la creatividad se puede expresar la singularidad en la ciencia, en el arte, en el juego, alentando una y otra vez el asombro y la curiosidad.

En el área del ser

La escuela debe constituirse como un espacio para el ejercicio de la comunicación genuina y franca y posibilitar la libre expresión en un clima de amor y respeto.

De esta manera, los contenidos necesarios para esta formación en valores, deberán atravesar todos los saberes que se trabajen en nuestra escuela.

En estos tiempos donde la masividad de las comunicaciones y los avances científico – tecnológicos configuran una sociedad urgente, competitiva, desigual y, a veces violenta, ¿de qué nos serviría alcanzar sólo metas que se refieran al desarrollo del conocimiento?

En este sentido, resulta imprescindible que todos, directivos, docentes, alumnos y padres, tengan la posibilidad de expresar sus ideas y de escuchar la de los demás, para saber convivir, es decir, “vivir juntos”.

Debemos redoblar las esperanzas y ayudar a que los niños y jóvenes puedan encontrar caminos de cooperación, de solidaridad y de paz.

Escucharemos sus dudas, sus temores, sabremos asumir sus cambiantes humores, siendo para ellos ejemplos de respeto y rectitud.

Deberemos prestar atención a sus talentos, a sus intereses, a sus vocaciones. Aquí está nuestro tesoro: la responsabilidad de formar personas de bien para sí mismas y para la sociedad, con herramientas adecuadas para que se sientan útiles y valiosos.

 

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